La noticia de la llegada de un nuevo integrante es motivo de celebración en cualquier familia. Sobre todo cuando éste tiene la azarosa responsabilidad de convertirse en el primero: el primer hijo.
Es natural que se genere una ansiedad en torno a él. El deseo de conocerlo y amarlo incluso para quienes formamos parte del equipo de los no padres.
Ahora, en lo que a mí respecta, el amor se me puede ir al menos diez en el preciso instante en que los padres del niño (en general se trataría solo de la madre) se arman un plan perfecto para convertirlo en una pieza de museo. Se complotan casi obsesivamente para evitar cualquier tipo de contacto con su tesoro. Decoran su casa con bidones de alcohol en gel para que te higienices tanto como lo soporte tu piel. Te mandan a lavarte cada vez que te acerques a un radio menor a dos metros. Y se censura cualquier tipo de intención de tocarlo o besarlo como si estuviésemos infectados de hepatitis, lepra o fiebre amarilla y fuésemos una potencial amenaza que pone en riesgo la seguridad del crío.
A todos esos padres exagerados, temerosos y mezquinos ¡NO LOS SOPORTO! Que se piensan: ¿Qué parieron al Mesías? ¿Qué se les va a gastar la cara porque alguien quiera darles un besito? ¿Qué se lo vamos a robar y luego a traficar por una caja de fernet? Tuviste un hijo, ridícula. No es una pieza de porcelana. No se rompe ni se quiebra. De las mujeres no me extrañan semejantes conductas neuróticas lo que nunca pude entender es el grado de sometimiento o resignación que poseen los maridos para aceptar esta situación sin decir ni mú. Te llevan el chico a tu casa pero te lo muestran de lejos, dos segundos y lo esconden debajo de toda esa ropa. No sea cosa que uno le provoque mal de ojo y empacho por mirarlo mas de quince segundos. Son capaces de dejar que el bebé se ulcere o le de una hernia de tanto llorar antes que darte autorización para que lo levantes de la cuna o el carrito para consolarlo.
Todo bien pero no me vengan después a hacer un monólogo aburrido y redundante sobre la consistencia de sus deposiciones. No me interesa saber cuantos gramos subió la última semana ni si se ríe al ritmo del “gugu gaga”. No me importa si duerme de corrido o se tienen que levantas catorce veces por noche ni si la leche te rebalsa hasta dejarte una aureola en las remeras. NO ME CUENTES. No pienso festejarte que tenga intentos fallidos para balbucear “ajó”. Me tiene sin cuidado que se muerda las manos y se babee cual Homero con las rosquillas porque está cortando los dientes.
¡NO LOS SOPORTO! Es un pibe, nomás. No le va a pasar nada. El día que empiece el jardín, trepe un árbol o se suba por primera vez a una bici, que vas a hacer… Te internan.
Cuando tu hijito pródigo crezca y se convierta en un caprichoso, maleducado e insoportable como vos ni se te ocurra la idea de llamarme para que te lo cuide porque tenés que salir con tu marido. Seguro voy a tener neumonía, conjuntivitis y mal de chagas. Y encima, como me voy a indisponer, estaré irritable, inflamada, dolorida, deprimida y de muy mal humor.
¡Andá a que te lo cuide tu hermana!
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